Niña Actriz
La
Niña Actriz empezó su actuación desde muy temprano, tan así que ya ni recordaba
cuándo fue. Tenía una lista nada pequeña de papeles que fue interpretando a lo
largo de su corta vida. Si tenía que sonreír, sonreía. Si tenía que llorar,
lloraba. Y si quería sonreír y no debía, no sonreía. Y si debía llorar y no
quería llorar, lloraba o no lloraba, según el rol que le había tocado en ese
acto. Lo importante era seguir lo que decía el guion escrito en un lenguaje que
a veces no entendía. Cuando no sabía qué decía en tal punto del drama o la
comedia, empezaba a improvisar o a actuar según creía que debía hacerlo de
acuerdo a todo lo anterior. Casi siempre le resultaba bien, porque era muy
apegada a lo que sucedía afuera. Su talento era observar y actuar en función a
lo que sucedía allí, en ese vasto escenario que es el mundo. Ella no se
consideraba muy buena actriz. Veía que el resto sí eran unos genios de la
actuación. Incluso su hermanito menor que aun usaba pañales. Apenas hacía un
pucherito, mamá entraba en acción, dejaba los otros papeles que trabajaba en
forma paralela e iba inmediatamente a ver cómo el menor de sus hijos hacía sus
pininos maravillosamente bien. Un día, mientras la Niña Actriz simulaba a que
jugaba en el jardín de la entrada de la casa, se le acercó un niño al que le
había atraído la casita de muñecas que ella tenía. El niño era nuevo en la
obra. Esta era su primera entrada en que debía intercambiar algunas palabras
con la niña. Según la experta opinión de ella, el niño no actuaba tan bien. Se
trababa, equivocaba las palabras, se reía con cara de estupefacción; no había
mucha coherencia entre su voz, sus gestos, sus manos, su postura. Era un total
descoordinado. Pero luego pensó que quizás así era el papel que le tocaba
interpretar. Por algo había aparecido allí, esa mañana. Como ella no sabía qué
es lo que seguía en la obra, y tampoco el niño lo sabía, pues decidieron ser
amigos. No había otra cosa qué hacer sino seguir los papeles que interpretaban,
personajes de una obra que ya no tenía más guion. Pasaron setenta años y
seguían juntos, y aun así seguían sin saber qué vendría después.